¿Quién está más cansado, tú o yo? (Historias de familia)

Llegamos a las 8:00 de la noche, agotados después de un largo día en el trabajo y horas de tráfico para llegar a casa. Recogimos los niños en casa de la abuela. Vero, la menor, llegó dormida. Me tocó cargarla y bajarla del carro, mientras Jorge le dio el notición a su mamá que para el día siguiente, tenía que llevar un disfraz de oso hormiguero para una exposición de ciencias que había olvidado. Lo acababa de recordar al ver unas hormiguitas caminando por la pared del estacionamiento.
No nos habíamos montado en el ascensor y ya la carga se sentía pesada. Al llegar con la angustia del bendito disfraz de oso hormiguero, mi esposa me pidió con el ceño fruncido que me encargara solo de la cena de los 4, mientras ella trataba de resolver aquel disfraz improvisado con unas cartulinas, un gorro de natación y unos pantalones marrones que encontró en el lavandero.
Yo por mi parte necesitaba, realmente necesitaba un par de horas de cierta tranquilidad antes de caer exhausto, pero el anhelo se volvió un imposible y al mirar a mi mujer solo podía pensar que no soportaba su ceño fruncido, lo sentía como un reclamo hacia mí, aunque fue a Jorge al que se le olvidó el dichoso disfraz de oso hormiguero, por lo que me descargué en él mientras batía los huevos para hacer una tortilla, reprendiéndolo fuerte por su descuido y el poner a su mamá en un aprieto como ese a esas horas de la noche.
Acordamos ayudarlo esta vez porque honestamente tampoco nosotros revisamos sus pendientes escolares, pero le advertimos que esta era su responsabilidad y que una irresponsabilidad de su parte no volvería a convertirse en una emergencia por parte nuestra.
El ceño de mi mujer no desaparecía con facilidad, se agudizaba, asumía múltiples y temibles formas y al de ella, se le sumó el de mi hijo porque realmente fui muy duro al regañarle. Lo que me hacía sentir peor aún. Todo se puso más color de hormiga cuando mi esposa me pidió que le buscara unas tijeras mientras yo volteaba la tortilla en el sartén, por lo que le grité: – ¿quién está más cansado, tú o yo?, ¿quién está más ocupado tú o yo?- Con lo que solo logré que aparecieran nuevas líneas, casi como signos de exclamación en ese temido, arrugado y ahora ofendido ceño femenino.
Las tijeras las trajo rápidamente Jorge, quien nos silenció a ambos, al rostro de mi mujer, que habla sin hablar y a mis impertinencias, diciéndonos: -¿y es que acaso no están cansados los 2? Perdón papás, de verdad se me olvidó.
Jorge, tiene esas cosas maravillosas, se le olvida que tiene que hacer un disfraz hasta solo pocas horas antes de tener que llevarlo a clases, pero mira las cosas con una sensatez que honestamente a veces nos falta a su mamá o a mí, sobre todo cuando el cansancio supera las ganas.
Cuando Jorge dijo esto, mi esposa me buscó con la mirada y no pudo ocultar un brillo en sus ojos y una sonrisita que reflejaba entre vergüenza por nuestro actuar y satisfacción por nuestro hijo. Yo la vi y no le dije nada, porque todo estaba dicho y es que esa sonrisa, breve, efímera, casi escurridiza, me hizo en ese momento recordar lo que la quiero, lo que me gusta, lo que tiene 15 años gustándome de ella, que no es perfecta, que dista mucho de serlo, tanto como lo que disto yo.
Despido esta historia de familia con la reflexión de la psicóloga argentina Clara Coria, quien nos comenta:
“la ilusión del amor real impulsa el anhelo de uniones y encuentros felices, pero tolera aunque sea a regañadientes un cierto grado de insatisfacción. Esto hace posible amar al otro aunque sea imperfecto y considerar que por lo tanto uno no necesita ser perfecto para ser amado¨
Lic. Geraldine Morillo Méndez.
geraldinemorillo@psicologosmonterrey.com.mx

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